miércoles, 22 de abril de 2015

LA MUJER MULETA


Entré sin hacer mucho ruido, el local estaba lleno de gente murmurando, rozando el vocerío, no se podía disimular el olor a comida recién preparada lista para comenzar. Varias reuniones de amigos reían contando las vivencias típicas de la vida, pedí mesa para comenzar con el banquete sobre las 2:12, nada parecía raro un día mas de una vida normal.

No había recibido el primer plato cuando se abre la puerta de aquel local, era un hombre de mediana edad patidifuso, un tanto agobiado pero con solidaridad en sus ojos, pensé que venia solo hasta que con un brazo y de manera pudiente abrió las dos hojas de aquella incomoda puerta, entonces la vi a ella no lo podía creer, era la mujer muleta, sofocada, con la respiracion agitada por el cansancio y arrastrando los pies sujetandose por dos largos palos gruesos con empuñaduras de metal gastadas por los esfuerzos, aun le costaba mas respirar dentro de aquel local lleno de ambiente cargado, casualmente todas las mesas estaban llenas de gente, nadie se inmuto para mirar siquiera a aquella bella pero torpe mujer. El hombre que la acompañaba le ayudaba para poder moverse y andar, nadie le ofreció una misera silla, nadie dejo de comer para poder auxiliar a aquellas dos personas en aquel incomodo momento. En ese preciso instante llega mi plato entrante, quedo perplejo, no doy crédito a como tantas y tantas personas podían seguir comiendo mientras la mujer muleta se tambaleaba mirando a un lado y a otro recostada en la barra con su frente sudorosa por el largo paseo.

No pude seguir, no estaba dispuesto a encomendar mi alma al diablo, llame a la camarera para decirle que no comería, que me pasase la cuenta y le diese mi mesa a la mujer muleta y su acompañante, la camarera me miro, dudo un instante sin saber que hacer ni que decir, yo asentí con mi cabeza afirmandole mi decisión, a lo que ella amablemente respondió, ahora mismo. Me trajo la cuantía la cual abone y de paso le dije que por favor hiciese pasar a la mujer muleta y su querido y afable amigo a mi mesa, y así fue, para cuando llegaron yo ya no estaba, eso si, el día estaba radiante, el sol estupendo y mi sonrisa mas llena que nunca.

Pílon

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