Las agujas de un sucio reloj con manchas de pintura en sus cantos se detienen a
las 19:50. En una celda fría, Clarín mira el reloj fijamente con la sensación
de otro día menos en su ansiada y amarga vida. A lo lejos algunas tararean una
murga nupcial, otras maldicen a pleno pulmón la escasa empatía de unos santos
sordos a unas plegarias que nunca llegan. Clarín es muy delgada, de piel suave
y fina como el terciopelo, de ojos verde oliva, con cabello largo y rubio y de
mirada pura, como el manantial más virgen. Clarín toma el Rosario de su abuela
el cual guarda desde antaño debajo de una litera, y se dirige a confesarse.
Todo es silencio, todo. Solo se oyen palabras que emanan pensamiento en verso,
y la confidencia a unos barrotes disfrazados de óxido, por los que caen
lágrimas saladas de arrepentimiento en honor a sus hijos.
Mi culpa es la deuda de mi destino murmuro Clarín con voz bajita, cada año de
condena es un centímetro de asta fina dentro del demonio que pintaba mi cara de
un color puño cerrado.
Es el último día en el penal, Pero aún le queda un último trago. Clarín camina con la mirada turbia hacia un pasillo oscuro, el silencio se apodera del momento, la humedad en las paredes de hormigón frío son como escarcha de nieve. Solo se palpa el rastro de los zapatos en el grumo del cemento. Pero a lo lejos se ve la claridad, la esperanza. Las agujas del reloj que hay en la celda de Clarín vuelven a sonar en tic-tac. Para Clarín el funcionario de prisiones es un angel que le abre las puertas del cielo, cruza el umbral y da de cara a una montaña, ella sola y el mundo. Respira de manera profunda veinte veces con los ojos cerrados, una por cada año en cautiverio y al instante coge su petate y comienza a caminar a orillas de la carretera que la conduce a su nueva vida.
Pílon
Es el último día en el penal, Pero aún le queda un último trago. Clarín camina con la mirada turbia hacia un pasillo oscuro, el silencio se apodera del momento, la humedad en las paredes de hormigón frío son como escarcha de nieve. Solo se palpa el rastro de los zapatos en el grumo del cemento. Pero a lo lejos se ve la claridad, la esperanza. Las agujas del reloj que hay en la celda de Clarín vuelven a sonar en tic-tac. Para Clarín el funcionario de prisiones es un angel que le abre las puertas del cielo, cruza el umbral y da de cara a una montaña, ella sola y el mundo. Respira de manera profunda veinte veces con los ojos cerrados, una por cada año en cautiverio y al instante coge su petate y comienza a caminar a orillas de la carretera que la conduce a su nueva vida.
Pílon
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