Tiendo a partir hacia una cita esperada, después de una noticia mal
parida e irrespetuosa que el destino quiso cambiar.
Subo solo por el ascensor de un hospital frio cayendo la noche, no me
cruzo con nadie, quizás por la zona desvalida y solitaria donde se encontraba descansando
mi mitad. Tan solo tengo dibujado en mi mente, el número de la habitación y una
conversación improvisada. Llego y está vacía, pero entiendo que mi mitad
llegará en tan solo momentos. Mi miedo me atrapa y traspasa, por lo que me veo
obligado a esconderme detrás de una fina cortina blanca, desde donde puedo
divisar la mísera leucemia de manera distante. Ese momento incomodo es lo más
parecido a un comentario mudo o aun aplauso sordo. Carente de palabras llega mi
mitad, y me siento a su vera en la cama con una revista en la mano, solo
entiendo a esbozar una sonrisa rota por la inexperiencia de mi edad temprana. Demasiada
unión y complicidad entre ambos como para que el dolor y el amargor incordiasen
nuestra conversación.
Aún hoy esa herida sigue sangrando como el primer día, tengo asumido que
por siempre será, ni mi mente ni mi alma siguen preparadas para asumir tu partida,
siendo egoísta tampoco lo quiero, pienso que la mejor manera de recordarte es
sufriendo en soledad la falta de mi mitad en mi interior.
Reflexiono…y pienso que es inevitable el llorar, quedar inmóvil o nostálgico,
cuando sea de forma directa o indirecta, miras a la muerte fijamente y de manera
plausible se hace notar. Aún me queda sentir si es cómplice o arrogante.
Pílon
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