Muy temprano cuando aún todos duermen, desplazo la sabana suave de
plumas que acaricia mi cara, y planto
mis pies fríos y descalzos sobre la tarima desgastada por sus años de gloria. Camino
lenta pero constante hacia el pasillo infinito que me lleva a un umbral y justo
delante un espejo. Lanzo mi mirada perdida hacia ese espejo vacío con marco de
cobre de antaño y molduras de vidriera cortada, me noto distinta, al instante
me percato de que mi mirada es otra, algo cambiada y llena de incertidumbre.
Una intuición benigna me dice que algo dentro de mi esta cambiando, pero
aún dejándome guiar por mi instinto de mujer, guardo en mis adentros mi
supuesto secreto, y dejo que en su lecho el siga creciendo.
Parece un sueño pero es real, algo se mueve dentro de mí y no son mis
nervios, después del pertinente chequeo obtengo mi bendición, alguien aflora
dentro de mí y no es uno sino dos corazones latiendo y el mío que los amamanta.
Solo pienso en crearlos a mi imagen y semejanza, mi felicidad es doble y mayúscula,
como no.
Cada mañana empapo mi vientre con aceite de ricino, me tumbo en la
bañera con agua turbia templada y pétalos de jazmín, pongo música relajante y
luz tenue para que se sientan como en casa, se que en el fondo lo agradecen y
les reconforta.
Hoy en día son dos ejemplos, puedo acariciarles su pelo, reñirles por
sabiduría y dejad que se caigan en el albero, sintiéndolos felices en su niñez
ingenua, y como ya saben las madres creadoras, estoy más guapa que nunca, volviéndome
medio loca por ellos y marcando una sonrisa en mi cara cada vez que los veo.
Pílon
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